Este año, tan raro y tan extraño, me he decidido por empezar aventuras nuevas en varias direcciones. La primera (entrada anterior) era la de introducirme en las comunidades que comparten sus experiencias en el aula con el resto del profesorado. La segunda era ahondar en uno de los programas educativos que considero más bonitos: Vivir y Sentir el Patrimonio.
El título ya es atrayente y plenamente descriptivo: transmitir a nuestro alumnado el amor por su entorno histórico, artístico, natural, e incluso el intangible. Algo tan cercano pero tan poco valorado por la mayoría. A veces es difícil "poner en valor" aquello que siempre hemos tenido, que es natural a nuestras vidas, normales. Y sin embargo, viene alguien de fuera y se maravilla: sus sentidos, que no están acostumbrados a ese edificio, esa imagen, ese paisaje, ese sonido, ese sabor, descubre algo maravilloso, raro y único.
Tenemos que cambiar la mirada, no perdernos nada y disfrutar en plenitud de cosas tan bellas y tan cercanas.
Así que ahí está el reto. Conocer nuestro patrimonio, vivirlo y sentirlo como parte de nuestras vidas, como algo valioso que cuidar, defender y mostrar al resto del mundo.